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viernes, 17 de marzo de 2017

Reflexiones

Hace unos años experimenté algo, muy, pero que muy difícil de explicar, que me transformó profundamente para siempre. Lo identifiqué como uno de esos momentos de apertura de conciencia que suponen un punto de inflexión, aunque éste era diferente a otros anteriores.

Sin entrar en detalles, lo que ví y sentí, me cambió en muchos aspectos de mi vida. Entre otras cosas, me llevó a una renovación en mi trabajo como facilitadora.

Entre todo lo que se me permitió ver, se mostró ante mis ojos un grotesco panorama en torno al mundo en el que me desenvolvía, el de las terapias... un peligroso juego o lucha de egos que contaminaban tristemente aquello en lo que muchos de los que habíamos decidido dedicar nuestra labor profesional, creíamos firmemente. 

Y lo peor y más doloroso, fue comprender que entrar en ese juego, era más fácil de lo que podía imaginar.

Me gustaba decir hasta entonces que yo era muy "flower-power", lo que para mí significaba que todo y todos eran bienvenidos. Me encantaba esa filosofía, hasta que (por fín), me di cuenta que ese cartel de bienvenida, favorecía que aquellas personas que no se comprometían con su avance espiritual, se entregaran al juego y dañaran aquello en lo que creía.

Entonces decidí que aquel "todo vale" se acabaría para siempre. Hice unos votos firmes y sinceros conmigo misma para nunca más volver a estar involucrada en cualquier acto, por pequeño que fuera, que estuviera relacionado con el mal uso de las herramientas que considero sagradas. 

Ha pasado mucho tiempo desde aquello y he aprendido que no se debe bajar la guardia. El trabajo personal debe ser serio y constante, coherente y comprometido, y debe serlo siempre, cada día, pues en cuanto te descuidas el ego entra en el juego y te mete en líos.

Así que hoy, renuevo mis votos con mas amor y fuerza que nunca... y lo seguiré haciendo. Por amor a mi misma y a las almas que me reconozcan. 

Nos amo.

jueves, 10 de septiembre de 2015

La importancia de no recomendar...

Recuerdo el día que mi maestro de Reiki Claudio Márquez contestando a la pregunta de cuánto tiempo debía pasar entre niveles de Reiki, contestó: 

"Hacerme cargo de los tiempos ajenos, es hacerme cargo de los karmas ajenos..."

Con el tiempo he podido comprobar en incontables ocasiones lo cierto de ésta afirmación. 

He encontrado personas que asisten a lecturas de Registros Akáshicos porque un amigo se la ha regalado; también quien viene porque otra persona le ha asegurado que es justo lo que necesita en ese momento (aun sin saber lo que es);  bastantes que no dejan pasar ni seis meses entre lectura y lectura... y como resultado he encontrado indiferencia, falta de compromiso, incomprensión, incluso decepción y enfado por la falta de precisión de los maestros a la hora de "pronosticar el futuro". (Los Registros Akáshicos hablan a tu alma y hablan desde el amor. Tu alma está libre de las ataduras del ego, no necesita saber quién, cuando, ni dónde ...)

Nuestro camino de evolución es sagrado y sólo hay una persona que sabe qué es lo mejor para tí. Esa persona eres tú. Tú tienes las respuestas, sólo tú sabes realmente en qué punto del camino estás, qué necesitas para continuar, hacia dónde te tienes que dirigir y quién es el mejor compañero de viaje.  

Sólo tienes que escuchar en tu interior, hacer caso de la corazonada, de aquello que te estremece, del brillo en tus ojos y el latir de tu corazón. ¿A que no es difícil?

No está mal que pidas consejos, pero antes de actuar escucha en tu interior. Esa terapia de la que te están hablando ¿Te hace vibrar? ¿Es eso realmente lo que tu alma necesita para continuar?

Si vas de terapia en terapia porque "alguien en quien crees más que en tí" te lo ha aconsejado, te puedo asegurar que no vas a experimentar ningún avance... estarás más bien recorriendo un camino que no te pertenece y lo más seguro es que sientas decepción y en algún momento estés más perdido que cuando comenzaste.

El propósito inicial de las terapias que nos conducen a un desarrollo espiritual ha de ser siempre despertar nuestro maestro interior, por ello el facilitador jamás debe recomendar, dirigir ni aconsejar los pasos del alumno. Debe ser capaz de acompañar en silencio, de mostrar al alumno que posee un inmenso potencial. Debe darle la confianza suficiente para que aprenda a creer en él y en sus capacidades, y a que una vez descubiertas, sea él mismo el que responda a las preguntas que tantas veces se ha formulado.  

Cuando recomiendas a otro, estás interfiriendo en su camino. 

Cuando caminas según los dictados de los demás, estás perdiéndote tu auténtico camino de realización. 

Es mi opinión. Con humildad. 
Gracias.